La noche en borrador


Los recintos iluminados. Los andenes. La eterna carretera donde cada cinco minutos ruge un motor. Las cordilleras, su tenebrosa vegetación, la mirada acechante de sus monstruos. Los anhelantes precipicios que ni los ojos ni las almas se atreven a soportar.
El eco en el fondo de los pasillos de los hospitales. La fiebre. La huida tras el visitante de otras tierras. La desesperación sobre la cúspide del páramo, dejando mojar los cuerpos las gotitas de niebla.
La dicha cuando la orquesta inaugura la noche.
Y en las cocinas las señoras se esfuerzan para que todo salga bien.
El largo peregrinar con la libreta de teléfonos, sin saber si el número debe ser al fin marcado.
Las ciudades cerradas, sus amores, su bulla. La locura de sus estatuas.
Si, ¡noche de la noche!: deja al fin que en tu alma anide la angustia que nos hermana.




Toda la noche el fondo el pozo el hueco, donde las palabras arriesgan la repetición del deseo prohibido sosegando el insoportable latido de sus cuerpos.
Afuera adentro ya no es la condición del ritual.
Todo es un todo de ineficaces luces despeñándose por los precipicios, alabando desde el fondo las cúspides de los nevados ocultos a esta hora.
Y el frío de los pequeños arroyos el mismo temor, el nombre, la misma materia esencial de las almas.
Toda la noche voy repitiendo letras y vocales, ansiando articular la frase.




¿Quién pasea por la acera de enfrente, temeroso de mirar hacia atrás?
Toda ventana debe ser cerrada, interpuesta entre este deseo y los ojos ajenos, los que quieren saber cómo discurre esta vida, cómo tapa, cómo ya no quiere saber nada y se vuelca hacia las sombras que llenan los muros.
¿Quién ríe en la lejanía y libre ya de su dicha vuelve a respirar la noche de su andén?
¿Quién repite por enésima vez la pregunta, pero no, no busca respuesta, sólo desea deletrearla?

[Poema del libro La noche en borrador]