Elvira Alejandra Quintero

Nació en Cali, Colombia, en mayo de 1960.
Pertenece a la generación de poetas y escritoras colombianas que hacia finales del siglo XX inician la exploración de nuevas poéticas para nombrar su realidad actual y cotidiana.
Ha publicado los libros de poesía: 5000 kilómetros al Sur (Bahía Blanca-Argentina, 2013), Las memorias de Alejandrina (Córdoba-Argentina, 2011), Los nombres de los días (Bogotá, 2008), La mirada de sal (Cali, 2005), La ventana-Cuaderno de Ana Ríos (Cali, 2003), La noche en borrador (Chiquinquirá, 2000) y Hemos crecido sin derecho (Cali, 1982).
Y de ensayo literario: El viaje, motivo y narración en ¡Que viva la música! (Popayán, 2014) y El pozo de la escritura - Enunciación y Narración en El pozo, de Juan Carlos Onetti (Cali, 2010).
Por su obra poética ha recibido los Premios de poesía: Antonio Llanos (1984), Premio Nacional de poesía Ciudad de Chiquinquirá (1999), y Premio de poesía Jorge Isaacs (2004). Fue finalista en el Premio Nacional de poesía Héctor Rojas Herazo (1983), en el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en 1998 y 2015 y en el Premio Internacional de Poesía Crisóstomo Lafinur (San Luis-Argentina 2012).

Pies descalzos


Nada de vértigos astrales y desconocidas piedras preciosas. Nada de forzosos extrañamientos poéticos, de falsos ritos.
Hablaré de la tierra consagrada por el abuelo en el centro de mi infancia. De su olor a lluvia o a vida cuando el amanecer me llama a la ventana, y el brillo del mundo me devuelve su frase:
Písala con los pies descalzos. La energía que asciende por tu cuerpo te hermana con el resto del universo.
Y aún, cuando recorro los andenes solos y oscuros y el viento acecha en mis oídos refrescando el acalorado monólogo, un lejano olor a peces me recuerda el mar.
Y busco un pedazo de camino y quiero olerlo.
Y quiero pisarlo.
Y aunque no es de tierra, la piel de mis pies toca el mundo.
Y mi sangre vuelve a ser parte de la sangre del universo.
De: La ventana. Cuaderno de Ana Ríos




Amanecer


Acércate a la ventana y sosiega tus voces con la bruma que emerge de los andenes.
Recuerda otros amaneceres cifrados por el descubrimiento de una verdad, en medio del licor y el entusiasmo compartido con las almas amigas.
Y deja que sea solamente un recuerdo.
Sin llorarlo mira hacia afuera, hacia el otro lugar que tu ahora se esfuerza por volver real y posible.

Allí el sueño de anoche, sus voces, sus oleadas de persecución y sus breves fragmentos de calma.
Su humedad, su martirizante dicha.

La insana, loca pregunta.

Del libro: La noche en borrador




Que empiece a hablar el fuego

Dejemos que la luz se meta y acose hasta develar los secretos guardados. Es lo que hace falta.
Están allí estorbando desde la vez que los aceptamos como aliados.
Sólo después volveremos a pisar la tierra con los pies descalzos y descifraremos el mensaje.
Que empiece a hablar el fuego y escoja lo que crea conveniente. Que no dude en borrar.
Tal vez después bebamos a plenitud las aguas claras y bañemos en ellas nuestros cuerpos sin miedo al torrente.
Y que el viento se lo lleve todo y no nos diga el nombre de la otra ciudad.
Así no nos asaltará la tentación de repetirnos.
Del libro La noche en borrador
 
 

 






Del olvido


Brilla un misterio
en los ojos de mi madre
al navegar el aire coloreado de la mañana
interrogando algo que existe más allá
anterior a nosotras
En el patio de palomas al viento
mamá relata la leyenda de su infancia
y sus manos de vuelo
dibujan para mí entre sus fantasmas
los abuelos que no conocí

Madre agua de los ríos donde se lava el tiempo
Madre lluvia
Madre fuego de olvido
Madre furia
Madre grito escondido en su ternura dispersa
Madre sombra
Madre soledad de amor detenido en los espejos

Su magia hace brotar de los baúles
los trajes que la abuela Alejandrina
vistió para el abuelo
en tardes felices
cuando su amor era un secreto y una daga
baúl cajita de Pandora
magia al revés
herida oculta en el alma lacerada
historia desviada
La voz de mi madre
nombra y canta las palabras de la abuela:
adiós
tarde gris
verano dulce
y su sonrisa cura espejos rotos
y hospitales desahuciados
pule versos
canciones
poemas antiguos
y remienda lentejuelas
de fiestas gozadas hace siglos
Las palabras de mi madre
señalan la falta y el remedio que no llega
el tren que no halló la estación
el vidrio roto
Un hombre de sombrero
Paraguas
bastón y gestos elegantes ronda su leyenda
una mujer dormida
una niña que llora junto a la valija de la abuela
Y yo busco la infancia de mi madre
y la visto con mi delantal blanco
le ofrezco mis cuadernos
y ayudo a sus manos de niña en sus tareas
y quisiera ser yo su madre
para borrar su pena y protegerla

Mi madre
Entonces busco en ella
el rostro desconocido de mi abuela
y presiento en ambas
el amor que atormentará mis historias
cuando crezca

De: Memorias de Alejandrina




A nosotros

En este Cali abierto, entregado a los vientos
Repetido en los pasos calientes de la rumba
Repetido en el río que atraviesa los días
En este Cali hemos nacido.
Nosotros
Con el amor detenido en el cambio de un semáforo
Los tantos fantasmas de este Cali disperso
De este Cali revuelto a las seis de la tarde
Hemos vivido aquí.
Donde agosto fue el tiempo paseado de cometas
Y después la ternura tomados de la mano
Donde octubre miraba nuestros gritos en coro
El fútbol de la calle
Los besos de prisa.
Nosotros
Veranos repetidos en cada cigarrillo
Hemos querido a veces fugarnos por las calles
Y atravesar la tarde en los juegos de los niños
En este Cali impávido, caliente
Contado en los globos de colores del parque
Repetido en los pasos calientes de la rumba.
Del libro Hemos crecido sin derecho




El Cid Campeador

Mi padre. El Abandonador, el fuerte, el Valiente padre tan mío y tan ajeno.
Tan otro, tan no padre, tan él mi gran padre.
Cómo te quiere, escuché decir a alguien
que arqueaba los ojos y reía, haciéndome llegar con sus palabras
un soplo de su amor.
Del libro Los nombres de los días




5 PM: El goce

Ella habita el mundo que le dejó su padre.
Su padre recio y tierno,
cuando se levantaba en la niñez a jugar frente al espejo,
Haciendo muecas para que ella riera.

Parece que se hubiera detenido la vida.
Los días de la pasión en el bosque, con su amado, están tan lejos.
Tan lejana la gloria y la dicha, el deseo de correr en las calles desocupadas.

¿Hace cuánto sus labios no besan?
¿Hace cuánto no recorre la electricidad su cuerpo?
Y los pasos,
¿Hace cuánto la llevan nada más que a los sitios permitidos,
bajo toda la luz del día, en qué obediencia?

Del libro Los nombres de los días




5 y 30 AM: Todos los días

Me levanto y no rezo.
Me repito que no volveré a lo mismo de ayer.
Reinicio el desordenado ritual de preparar cuerpo y ánimo para mostrar al mundo:
La prenda apropiada busco en el armario, la frase que taladra silenciosa mis oídos pronuncio en el silencio de mi boca.
No sale, se guarda, se recoge. Se unta maravillosamente
de otros gritos que también quieren salir.
Todos los días me digo que no puede ser más esto.
Que no lo volveré, que no lo haré, que lo diré.
Y después de haber gozado en el sufrimiento de intentar aclarar
mi pensamiento en la escritura,
repito el desorden, la ambición,
la locura, la codicia, y me digo que mañana será por fortuna otro día,
en que habrá tiempo para los buenos propósitos.


Del libro Los nombres de los días





Jueves, 6:30 PM: La cerradura y la llave

Ahora caerá la tarde repitiendo sus antiguas señales:
Palabras antiguas como el deseo, haciendo nudos del ovillo sin fin.
Delgadas sombras que deposita la tarde en los tejados antes de entrar a rondar por la casa, antes de entrar con el ovillo en el laberinto.
Y
¿Cómo desprender de la madeja el verso?
¿Cómo del pozo sin fondo, de la hoguera que han atizado las horas y el pasar en ellas, de la espera?
La bulla de la ciudad rodea de silencio mis labios cerrados.
Los ruidos de una calle desembocan en los ruidos de otra calle.
El pensamiento avanza bajo letreros y estandartes, extranjero en la calle siempre recorrida
Gitano
Descifrando el destino en la palma del asfalto.
El aire se llena más con los recuerdos pero aún no puede aprisionarse, y la rugosidad de los fantasmas pesa más que los aromas de la calle.
En la calle recorrida las pisadas se resisten a ser huella.
Tantas pisadas
¡Tantos pensamientos y asuntos han caminado esta calle resistiéndose a ser huella!

La cerradura espera mi mano y su llave
La puerta espera inmóvil sobre el límite.
[Poema del libro Los nombres de los días]








La sombra


Me vuelvo a mirar las cosas que dejé a mi paso.
Una sombra late, respira, se acobarda.
Se dibuja una tensa mueca propia frente a un espejo fraccionado.
Me digo No es nada así los meses se sumen inasibles con cierta ironía bajo los libros.
No es nada así no hayamos aprendido la noticia
Y sea nuestra propia sombra la que se subleva por la espalda.


Me calmo, me calmo.
Pues, ¿qué será de mí frente a la pared blanca cuando las palomas hayan dibujado su propia respuesta?


Me vuelvo a recoger la mirada de oriente.
El sol es poco, es poco.
Oh, ¡si pudiera destruir el pequeño halo de los relojes!


Abro una puerta
Me vuelvo y reconozco la voz que dejé atrás
Cierto paso de baile que aún no está a tono
La sonrisa pintada que repite No es así
No es así como te imaginé aquella ocasión en que tenías Doce años.


Me vuelvo.
¿Eres otra?
¿Es un espejo la puerta que abro?
Me vuelvo, me vuelvo.








La loma de las cometas


En la loma de las cometas
Mi abuelo y yo descifrábamos el cielo atravesado entonces por pájaros enormes.

Los gritos de los carros eran eco gastado
Torbellino anónimo en la curva de herradura.

Mi abuelo y yo tomados de la mano
Éramos el primero
El último
Y el único amor
Sobre la loma sostenida por cometas.


[Poema del libro La mirada de sal]










La pregunta



La niña que fui se empina para mirarme.
Me da un codazo. Me pregunta si he olvidado la pregunta.
Le digo que no he cesado de repetirla.
Su mirada se vuelve más redonda.
Le digo que no tengo la respuesta, es más, la pregunta ha crecido.
Otra niña se nos acerca intrigada. Soy yo unos años después.
Nos muestra un viejo cuaderno y contonea su cuerpo con vanidad.
Dice que escribe. ¿Recuerdas?
Nos habla de un príncipe que toca el violín y ha desterrado

            de sus sueños el silencio.
Le digo que se ha ido.
Me grita que no me meta en su vida, que le deje su paz.
Le digo que la perderá lo mismo que al príncipe.
La niña que primero fui interviene. Pregunta si un príncipe es algo

         tan valioso como para formar la guerra entre nosotras.
Me preocupo.
Temo que las muchachas que después fui aparezcan ahora

preguntando cada una por sus tesoros.






Parque de la Alameda


Cali al amanecer cierra las puertas y ahoga la música donde los amantes fueron puro desborde, insaciable corazón de amanecer cerrado.
Cali al amanecer con tu ventana abierta
Con tu cuadrada habitación abierta donde ahogarás tus gritos y tus orgasmos olorosos a la nicotina de tu respiración.
Con tu boca de humo
Con tu palabra alienada por los cantos donde la rumba evoluciona hasta ser torbellino
Con tu alma envenenada como la mía con el recuerdo de la última tarde en que metimos los pies descalzos en la fuente del parque.
Llovía. Porque siempre llueve cuando preguntas por mí a la amiga de mi alma.
Y los dulces aguaceros estremecían las paredes del aire turbio, resbaladizo, dejando chorrear las imágenes de la infancia pobladas de besos vírgenes y agobiantes deseos de tener un pasado.
Y las antiguas fogatas ardían en lo más profundo de nuestro orgullo.
Lluvias.
Lluvias, lluvias.
Cali al amanecer sin luna en el parque de la Alameda.
[Del libro La ventana - Cuaderno de Ana Ríos]









Las voces del día


Viajo por el día descontando uno y otro pensamiento
Casi sin mirar lo que atrás dejo —descontando casualidades—
Tan sólo descontando horas al itinerario

Si por momentos levanto como banderas el desorden de las calles
El asombro de las madrugadas
Es tal vez cuando el mundo lanza junto a mis pies su careta
Y la sonrisa que desmiente no sé qué cosas
Y la mirada que pregunta todo aquello que no sabremos responder

Paso de la primera mañana a la segunda
A la tercera
Y así a las diez de la mañana me pregunto qué será de mí si no puedo olvidar esos ojos
Esos harapos que mostraban sin pudor en una esquina arruinando todos los cielos que se alzaban al final de la calle

Mis pasos me llevan despacio hacia la noche
—Yo misma no entiendo mis razones—
Ruinas que veo brillar de hora en hora inconmovibles ajenas a los millones de pasos que miden todas las rutas cruzadas
A los billones de dedos que enumeran los minutos
Los segundos que faltan para ser las doce
A los trillones de soledades que rondan sin protestar a las estatuas

Si entonces levanto como banderas la insolencia
El grito
Los caminos que no recorrí
Es tal vez el hastío
Es tal vez que el día se me quedó sin nombre
Es tal vez que se destiñe la pintura y los pasos no se atreven a reiniciar la ruta.

[Poema del libro La noche en borrador]





La noche en borrador


Los recintos iluminados. Los andenes. La eterna carretera donde cada cinco minutos ruge un motor. Las cordilleras, su tenebrosa vegetación, la mirada acechante de sus monstruos. Los anhelantes precipicios que ni los ojos ni las almas se atreven a soportar.
El eco en el fondo de los pasillos de los hospitales. La fiebre. La huida tras el visitante de otras tierras. La desesperación sobre la cúspide del páramo, dejando mojar los cuerpos las gotitas de niebla.
La dicha cuando la orquesta inaugura la noche.
Y en las cocinas las señoras se esfuerzan para que todo salga bien.
El largo peregrinar con la libreta de teléfonos, sin saber si el número debe ser al fin marcado.
Las ciudades cerradas, sus amores, su bulla. La locura de sus estatuas.
Si, ¡noche de la noche!: deja al fin que en tu alma anide la angustia que nos hermana.




Toda la noche el fondo el pozo el hueco, donde las palabras arriesgan la repetición del deseo prohibido sosegando el insoportable latido de sus cuerpos.
Afuera adentro ya no es la condición del ritual.
Todo es un todo de ineficaces luces despeñándose por los precipicios, alabando desde el fondo las cúspides de los nevados ocultos a esta hora.
Y el frío de los pequeños arroyos el mismo temor, el nombre, la misma materia esencial de las almas.
Toda la noche voy repitiendo letras y vocales, ansiando articular la frase.




¿Quién pasea por la acera de enfrente, temeroso de mirar hacia atrás?
Toda ventana debe ser cerrada, interpuesta entre este deseo y los ojos ajenos, los que quieren saber cómo discurre esta vida, cómo tapa, cómo ya no quiere saber nada y se vuelca hacia las sombras que llenan los muros.
¿Quién ríe en la lejanía y libre ya de su dicha vuelve a respirar la noche de su andén?
¿Quién repite por enésima vez la pregunta, pero no, no busca respuesta, sólo desea deletrearla?

[Poema del libro La noche en borrador]





Nombres

Los nombres de las cosas que amo son los nombres de las cosas que anhelo.
Sin embargo la vida me obliga a usar otras palabras por las que el mundo está regido como si se negara, incorruptible, a establecer un orden contrario.
Así los redondos días del trópico, toda su luz y la fuerza que ignora el desamparo
Antes que alimentar la materia de mis huesos, se niegan a ser metáfora de los actos que dan cuenta de mi deambular en ellos.

Deambulo.
Entonces no camino.
Y no me baño en las aguas claras como quisiera, sin un porqué y una vergüenza que deba ser lavada.
Y no logro mirar a la noche como la tierra del descanso prometido
El lugar de la fiesta
Sino con el horror de repetir la pesadilla.

Las cosas que amo luchan sin sosiego para no ser apartadas de sus nombres.
Inventan una nueva fe y salen como huracán a barrer calles
Y transigen
Y tramitan, desesperadas, la posibilidad de comenzar a ser, desde ahora, parte con voz y voto en el mundo de afuera.
Y yo miro su ingenuidad y la comparto.

[Poema del libro La noche en borrador]